La ternura de Jesús – IV

por | agosto 21, 2014

La ternura de Jesús

Encuentro IV

 

Desde la fragilidad

 

Lectura orante de Mc 7, 31-37

 

Oramos con el Salmo 39, ¡Abre mis oídos!- Carlos G. Valles, S.J.

 

Abre mis oídos, Señor, para que pueda oír tu palabra, obedecer tu voluntad y cumplir tu ley. Hazme prestar atención a tu voz, estar a tono con tu acento, para que pueda reconocer al instante tus mensajes de amor en medio de la selva de ruidos que rodea mi vida.

Abre mis oídos para que oigan tu palabra, tus escrituras, tu revelación en voz y sonido a la humanidad y a mí. Haz que yo ame la lectura de la escritura santa, me alegre de oír su sonido y disfrute con su repetición. Que sea música en mis oídos, descanso en mi mente y alegría en mi corazón. Que despierte en mí el eco instantáneo de la familiaridad, el recuerdo, la amistad. Que descubra yo nuevos sentidos en ella cada vez que la lea, porque tu voz es nueva y tu mensaje acaba de salir de tus labios. Que tu palabra sea revelación para mí, que sea fuerza y alegría en mi peregrinar por la vida. Dame oídos para captar, escuchar, entender. Hazme estar siempre atento a tu palabra en las escrituras.

(…)

Abre también mis oídos a tu palabra en mi corazón. El mensaje secreto, el roce íntimo, la presencia silenciosa. Divino “fax” de noticias de familia. Que funcione, que transmita, que me traiga minuto a minuto el vivo recuerdo de tu amor constante. Que pueda yo escuchar tu silencio en mi alma, adivinar tu sonrisa cuando frunces ceño, anticipar tus sentimientos y responder a ellos con la delicadeza de la fe y del amor. Mantengamos el diálogo, Señor, sin interrupción, sin sospechas, sin malentendidos. Tu palabra eterna en mi corazón abierto.

Abre por fin mis oídos, Señor, y muy especialmente a tu palabra presente en mis hermanos para mí. Tú me hablas a través de ellos, de su presencia, de sus necesidades, de sus sufrimientos y sus gozos. Que escuche yo ahora por mi parte el concierto humano de mi propia raza a mi alrededor, las notas que me agradan y las que me desagradan, las melodías en contraste, los acordes valientes, el contrapunto exacto. Que me llegue cada una de las voces, que no me pierda ni uno de los acentos. Es tu voz, Señor. Quiero estar a tono con la armonía global de la historia y la sociedad, unirme a ella y dejar que mi vida también suene en el conjunto en acorde perfecto.

 

Abre mis oídos, Señor. Gracia de gracias en un mundo de sonidos.

 

Entramos en la Palabra. Leemos el texto atentamente y ahondamos en ella.

 

1) Aporte de María Cristina Vera Campusano (RIBLA)

En el mundo judío antiguo, todos los aspectos de la vida humana se evalúan en relación con su creador. Como bien señala Elisa Estévez López “el judaísmo creyó firmemente en la determinación del querer de Dios siendo el único que gobierna de manera soberana el mundo” . Por esa razón en la Biblia se encuentran afirmaciones como: “vengan y volvamos al Señor. Él nos destrozó pero también nos sanará, nos hirió, pero también nos curará” (Os 6,1).

 

En ese sentido, la enfermedad es entendida como estar en desequilibrio, de espaldas a Dios. Igualmente, en el mundo helenístico-romano, la salud corporal se entiende como un estado de “pureza”, “limpieza”, “belleza”, lo que supone una armonía que es justa proporción y equilibrio o moderación. En contraposición, la enfermedad es injusticia, impureza, fealdad y desproporción o desmesura. En ese sentido, Mateo Bautista recuerda que en los evangelios: “Los enfermos no son aceptados en la convivencia comunitaria, son excluidos de los cargos y lugares públicos. No tienen asistencia social ni médica (la cual ya era bien limitada). Son obligados a mendigar para proveer su penuria y su hambre. De esa forma, son vistos caídos por los caminos (Mc 10,46), en las puertas de los lugares públicos (Jn 5,3), fuera de los pueblos (Lc 17,12), cerca del templo (Hch 3,2). Eran tenidos como escoria y vergüenza de la sociedad. No tienen hogar ni futuro. Son muertos prematuros.”

 

En relación a la escala social, en la Palestina del siglo 1, en el nivel más bajo estaban los pobres y marginados y – entre ellos – las mujeres, los niños, los esclavos no judíos , los pastores asalariados, los identificados/as como pecadores y los publícanos . Además de esas personas, estaban los mendigos y los enfermos.

 

La realidad es que la falta de alimento y de higiene en los grupos menos favorecidos de la sociedad, traía como consecuencia que, además del hambre, la mayor parte de los mendigos estuvieran enfermos. Y a causa del desconocimiento de diferentes tipos de enfermedad (ceguera, lepra, afecciones mentales o nerviosas) los enfermos eran considerados poseídos, por tanto impuros. Pues se pensaba que si estaban enfermos habían cometido algún pecado y Dios les había castigado. Por esa razón, eran despreciados, nadie se les acercaba, pero ni dejaban que se acercaran.

2) Aporte de Violeta Rocha (RIBLA)

Jesús no aparece orando en los relatos de milagros, son su Palabra y su toque los que son recreadores de salud en sentido pleno. No encontramos argumentación donde Jesús relacione las enfermedades como producto del pecado, aunque en alguno de los relatos él perdona pecados, provocando las interrogantes y resentimiento de sus adversarios, ¿Quién es este para perdonar pecados? Es importante hacer notar que esta autoridad de Jesús también es delegada a sus discípulos. Las mujeres y los hombres sanados por Jesús continúan con su vida, integrados al tejido social de donde muchos y muchas han sido excluidos.

Los textos de los evangelios parecen indicar que Jesús requería de la fe de aquellos que le buscaban para hacer lo que necesitaban (Mt 9,28 y Mc 9,23). Dichos textos hacen resaltar un diálogo que, aunque breve, tiene una gran intensidad. También encontramos de parte de Jesús un reconocimiento del acto de fe de mujeres y hombres que buscan la sanidad integral de sus cuerpos o de otros cuerpos por los cuales interceden (Mt 8,10 y 9,22). Sin embargo, es el amor la motivación más fuerte que muestra Jesús hacia aquellos que tienen alguna dolencia o sufrimiento. Ese amor pasa por la compasión más profunda hacia mujeres y hombres de aquella época, y es también válida hoy en día.

Esta autoridad de Jesús se evidencia en la incorporación de mujeres y hombres marginalizados por sus enfermedades, los y las intocables, a nuevas posibilidades de vida. Es también la afirmación abierta a la comunidad expectante de que las enfermedades y situaciones de opresión pueden ser removidas. Daniel Chiquete afirma: “la situación de pobreza, falta de trabajo y pan, explotación, desintegración familiar y social, violencia estatal, etc. son el marco a las sanidades operadas por Jesús y, parcialmente, su respuesta crítica a ellas” . Es decir que la dinámica de la marginalidad a la inclusividad es una propuesta vigente para los y las seguidores de Jesús. Los relatos de los evangelios nos cuentan que muchos y muchas seguían a Jesús después de haber recibido una sanidad. El enfoque pedagógico de Jesús también está presente en la recomendación que hace a sus discípulos de ejercer este ministerio de sanación.

 

3) De Los enfermos en tiempo de Jesús – José L. Caravias, S.J.

La enfermedad es una situación de debilidad y agotamiento, en la que el enfermo sufre el abandono de su fuerza vital. Todo enfermo es una persona que va camino de la muerte.

El enfermo vive una situación de paro forzoso, no puede trabajar, depende totalmente de los otros, de tal manera que la enfermedad implica no sólo la pérdida de la salud, sino también la condición de máxima pobreza.

Por su misma condición, la enfermedad es considerada como un castigo de Dios. Se entiende que es Dios mismo quien abandona y rechaza al enfermo, por sus pecados. Todo enfermo es sospechoso de infidelidad a Dios.

Como consecuencia de lo anterior, el enfermo se ve a sí mismo como culpable de algo – ante Dios y ante la sociedad -, aunque muchas veces no sabe bien qué es lo que ha hecho Este sentimiento de culpabilidad hunde al enfermo en la desesperanza, y en la marginación. Ritualmente se le considera impuro, indigno de presentarse ante Dios. Es un hombre totalmente perdido.

 

Conocedor de su tiempo y su cultura, Jesús percibía con inmenso dolor, la difícil situación que vivían las personas enfermas, quIenes, aparte de sus dolores físicos, tenían que enfrentar la marginación y la carencia de los bienes indispensables para su vida; esto lo llevó a sentir en lo más profundo de su corazón, una inmensa compasión por todas ellas, sin importar su enfermedad, su condición social, su sexo o su lugar de origen.

Pero Jesús no se acercaba a los enfermos, con la preocupación de un médico, que simplemente deseaba resolver el problema biológico creado por la enfermedad como tal, sino que su intención fundamental era recuperar y “reconstruir”, plenamente, a estos hombres y mujeres hundidos en el dolor físico, y también en el dolor espiritual que implicaba para ellos sentirse condenados por la sociedad y la por la religión.

Los datos evangélicos nos muestran que Jesús no fue simplemente un curador de enfermedades, sino también, y sobre todo, un rehabilitador de hombres y mujeres destruídos, un verdadero liberador. Por eso no se detenía ante nada; ni siquiera ante las leyes y normas religiosas, que mandaban “no trabajar” el sábado, día dedicado a Dios, y también, tocar a los enfermos,particularmente a los leprosos, para no contaminarse de su supuesta impureza.

Jesús no actuaba como un profesional de la medicina, ni como un sacerdote a quien correspondía realizar ritos de purificación. Los únicos motivos que lo llevaban a actuar en favor de los enfermos, eran su pasión liberadora y su amor absoluto e incondicional a los necesitados. Un amor y una pasión que nacían en su corazón humano y divino a la vez, y crecían y se fortalecían en su contacto directo con Dios, su Padre, de quien procedía.

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En los Evangelios sinópticos, Jesús hace milagros por tierna compasión:

 

  • sintiendo lástima” curó al leproso (Mc 1,41); – “sintiendo pena” multiplicó los panes para los hambrientos (Mt 15,32); – “movido por la compasión” curó a los enfermos (Mt 14,14);
  • mirando la fe” de sus amigos sanó al paralítico (Lc 5,20).

 

Obrando de esta manera, Jesús revelaba que estaba cerca el Reino de Dios. Un Reino donde ya no habría afligidos, ni hambrientos, ni desfavorecidos, porque había surgido una nueva comunidad que tenía a Dios por Rey. Los milagros, por lo tanto, eran la señal del nuevo mundo que estaba surgiendo, de la nueva situación que Jesús inauguraba en favor de los más pobres.

 

Para el análisis exegético seguimos al P. Florencio Mezzacasa en Milagros y Parábolas de Jesús. Signos y símbolos de liberación:

 

Curación del sordo tartamudo: Mc. 7, 31-37

31 Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis.

32 Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él.

33 Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua.

34 y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effetá”, que quiere decir: “¡Ábrete!”

35 Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.

36 Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban.

37 Y se maravillaban sobremanera y decían: “Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

 

1) Análisis histórico-crítico

 

Los dedos en la oreja, la saliva tocando la lengua, el suspiro, la palabra “effetá”, eran los mismos detalles de las técnicas mágicas que se utilizaba en el judaísmo para este tipo de curación. Por la característica arcaica, la narración debe ser pre-pascual.

 

Los gestos que hace Jesús, además de ser el modo de hacerse entender por un sordo-tartamudo, tienen un valor significativo:

 

  • Los dedos en los oídos, significan el poder de abrirlos.
  • La saliva, depositaria de vitalidad, el modo de lubricar la lengua y darle vida.
  • El suspiro, mostraba la conmoción interior por la presencia del mal que contradice el plan de Dios.
  • La palabra mágica, el poder.

Llevándolo a parte”, el taumaturgo mantiene el secreto. Esto era similar en las prácticas terapéuticas de un taumaturgo helenista.

 

El hecho debe ser callado para servir de reflexión y orientación a los interesados.

 

Aquí Marcos le da un sentido cristológico, hace ver que se cumplen las profecías (Is. 35,5; 29, 18) Quiere mostrar que la revelación de Dios se abre con poder y nadie puede detenerla.

 

El hecho es histórico en su núcleo central. Sólo ligeramente modificado su sentido por la redacción.

 

 

2) Análisis literario

Estructura narrativa de milagro de curación:

 

a: presentación del enfermo al taumaturgo (32a)

 

b: petición de curación al taumaturgo (32b)

 

c: palabras o acciones en orden a la curación (33-34)

 

b´: efectos de la palabra o acción del taumaturgo (35)

 

a´: admiración de los asistentes (36-37)

 

Comentario:

a: Parte de una carencia, un mal que produce un límite aparentemente infranqueable.

 

b: el enfermo o los que interceden por él, presienten que es posible franquear ese límite. Y lo manifiestan en una petición.

 

c: el centro de la estructura es el franqueamiento del límite por el taumaturgo.

 

b´: el milagro se realiza repentinamente.

 

a´: el franqueamiento del límite es proclamado por la gente o rechazado por los enemigos.

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Escuchamos el mensaje:

 

El autor, inspirado por Dios, utilizó el género literario narración de milagro para transmitir un mensaje para su comunidad y nos cuestiona hoy a nosotros.

Lo prodigioso no es lo fundamental del milagro, sino ver a través del prodigio la presencia salvadora de Dios.

El estado del sordo tartamudo es de opresión, de desesperanza, pero su fe y la de sus acompañantes, hace posible que Jesús lo haga pasar de esa opresión a la liberación y plenitud de vida.

Sólo Jesús puede prolongar la vida, vencer la muerte. La fe une al enfermo con Jesús en una acción transformadora que derriba el obstáculo.

La narración de milagros invita a la fe, ya que para Dios no hay imposible. Pone en evidencia la relación de Jesús y el pobre, ya que los ricos y satisfechos se encierran en sí mismos y no dejan lugar a Dios.

La estructura del milagro nos dice que hay hombres que no pueden ser – por su situación -transmisores de la buena nueva de la liberación. Sólo un milagro de Jesús puede hacerlos pasar de este estado de opresión a una libertad plena mediante la fe que da vida. Sólo Él puede hacerlo.

Los milagros no vienen a sustituir el esfuerzo y compromiso de los hombres en la lucha por un mundo mejor y más justo, sino que revelan la dimensión profunda de la acción de Dios.

No fuerzan a la fe, sino que nos muestran el camino al Dios de la liberación, para el cual no hay imposibles.

Con su comportamiento ante los enfermos Jesús es una vez más espejo de la bondad y ternura del Padre Dios para con todos sus hijos.

 

Nos preguntamos:

 

  • ¿Quiénes son HOY los sordos y tartamudos?
  • Como discípulos y discípulas de Jesús ¿ cuál es nuestro compromiso?

 

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Celebramos la Palabra

 

Señor, necesito que abras mis oídos y des vida a mi lengua. Para escucharte y hablar de vos, mi Señor Jesús, con palabras y hechos.

 

Escuchamos Éfeta de Eduardo Meana sdb, del albúm “La pureza del corazón es querer una cosa” (Vol. X) [Ctrl+clic para ver en YouTube]

 

Como el ciego del camino

-eternamente alerta

en el opaco túnel

que le ha tocado en suerte-,

tan locamente,

gritaré su mismo grito:

¡Tú, Jesucristo, ten misericordia!

¡Dame tu “éfeta”!

¡Éfeta… Ábrase toda mi vida

ciega, cerrada, enmudecida!

¡Éfeta… Ábrase a ti!

Como el pobre sordomudo

late en soledad

-inválido de voces

que crucen sus silencios-,

tiemblo y te quiero

balbucear mi esperanza

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